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Publicado en Clarín con el título El misterio "turgente", 2004.
Leía a los 14 años la novela más erótica de Caldwell: Noche de verano. En la escena en que la tía entra al cuarto del protagonista se describen sus pechos bajo el camisón: redondos, plenos, turgentes. Esta palabra para mí desconocida era increíblemente perturbadora: la imaginación podía en su ignorancia atribuirle la carga sexual más electrizante. La conjetura de su significado ya era mucho más intensa que cualquier significado. Lo mismo me ocurrió al leer después una novela policial: se mencionaba el caño empavonado de un arma. Este adjetivo tenía para mí algo siniestro y fatal: un arma empavonada indefectiblemente mataba.
El Pequeño Larousse Ilustrado me ilustró: turgente no era sino “hinchado” o peor aún: “tumefacto”. Y el empavonado era un anodino antióxido azul. Sin embargo no le guardé rencor y sigue siendo el primer diccionario que abro cuando dudo frente a una palabra: es uno de los pocos objetos de la infancia al que se puede volver y encontrar adentro todo lo que había. Junto con el ábaco y el primer tablero de ajedrez enseñan que lo finito puede generar lo inagotable.