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ORIGINALIDAD, RESOLUCIÓN, ESCRITURA
Publicado en La Nación, 2008.
Desde hace un tiempo –desde la lectura de Observaciones filosóficas, de Wittgenstein- juego con el proyecto de intentar un retorno a la lectura tal como él se lo propone para el lenguaje, en un estado de ingenuidad “rigurosamente vigilada”. Una exploración paso a paso de textos que alguna vez admiré o desdeñé para prestar atención a los resortes sigilosos, las nervaduras íntimas, de aquello que despertó mi entusiasmo o mi rechazo. Si es claramente imposible establecer cualquier criterio general de valoración para la literatura, quizá sí pueda proponerse este proyecto en apariencia más modesto: hacer inteligible al menos el criterio propio de valoración; llevar al plano racional y compartible de los conceptos, de la argumentación, la impresión estética íntima, inmediata, del orden de la seducción, que constituye el erotismo de la obra, en los términos que reclamaba Susan Sontag.
Al ejercicio siempre algo forense de la memoria en la búsqueda de esos textos modélicos, sumo la participación reciente como jurado de distintos concursos literarios -los concursos literarios, como señaló Libertella, permiten revelar una morfología básica de la escritura (“los paradigmas narrativos en cuya cárcel se mueve el autor”)1-, y noto que distingo antes que nada tres valores:
1. Originalidad: entendida no como mera novedad, sino como aquello que lucha por abrirse paso entre la marea de lugares comunes, de lo ya dicho, de lo que alguna vez fue expresivo y ahora sólo es retórica. La originalidad, en este sentido, debe tener en cuenta necesariamente a la tradición como medida y desafío. A la frase de Conrad “Por el poder de la palabra escrita, hacerte oír, hacerte sentir, hacerte ver” yo agregaría de otro modo.
2. Resolución: que también podríamos llamar maestría en la ejecución. Es decir, la suma de elecciones en cuanto a punto de vista, tono, registros del lenguaje, ángulo, etcétera, que dan la ilusión platónica de que la idea adoptó una forma perfecta y única. La suspensión de la incredulidad es para mí, como lector, ceder a la seducción de una autoridad narrativa.
3. Escritura: no es solamente una herramienta, sino el medium en el que vive el texto. Si no hay ideas originales, ningún alarde de escritura podrá solucionarlo, pero del mismo modo, toda idea languidece si no se manifiesta en la escritura algo también único, hecho y reinventado cada vez de nuevo, la retórica propia de la obra en particular.
Un plan a futuro: pasar alguna vez con una obra propia estos tres primeros filtros.