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Publicado en Crítica, febrero 2009.
Debía encontrarme con una traductora polaca, especialista en Cortázar, que vino el año pasado a la Feria del Libro. No quería perderse ninguna de las mesas redondas de homenaje, y nos citamos a la salida de una de las más concurridas. Cuando me asomé a la sala, los panelistas, escritores también de la generación del ’60, estaban entregados, con chistes e ironías, a la tarea de corregirse unos a otros sobre cuál era la gran parte de la obra de Cortázar que se debía despreciar y cuál la pequeñísima, en la que no se ponían de acuerdo, que se debería rescatar. Yo notaba que la traductora, en la primera fila, se ponía más y más nerviosa. Cuando llegó el turno de las preguntas quedaba tiempo sólo para una. Ella alzó la mano.
-Yo tenía entendido –empezó- que Cortázar era un gran escritor…
Su acento no dejaba saber si había desconcierto o ironía en su comentario. Uno de los panelistas, el más histriónico, retomó el micrófono:
-Era un gran escritor, sí, pero como dijo Ricardo Piglia: todo gran escritor tiene en la Argentina los días contados.
Risas, aplausos, y la gente empezó a salir de la sala.