· La medición del mundo
· Doctor Pasavento
· Vértigo
· Sábado
· El desierto
· Jugadores
· El testigo
· La noche del oráculo
· El mundo, el texto y el crítico
· La guerra contra el cliché
· El afinador de pianos
· Textos recobrados 1956 – 1986
· A paso de cangrejo
· El círculo secreto
· Cumbia
· Once tipos de soledad
· Martin Bauman
· La lección del maestro
· Una salita cerca de la calle Edgware
· El ojo del grillo
· La mancha humana
· Gertrudis y Claudio
· Monstruos de buenas esperanzas
· Leyendo a Euclides
· La caverna
· El nacimiento del tiempo
· El amo del corral
· Junto al pianista
· La fiesta del chivo
· La hija de Galileo
· Fuera de este mundo
· Amsterdam
· La narración-objeto
· Una mujer difícil
· El arte de la ficción
· Melancolía norte
· Amor perdurable
· El quinteto de Cambridge
· Ideología
· Los diarios
· El insensible
· El diablo de los números
UN QUINTETO DESPAREJO
El quinteto de Cambridge
John L. Casti
Taurus, 229 páginas, 1998
No publicada
En su nota introductoria John Casti advierte a los lectores
que El quinteto de Cambridge no es una novela sino una obra
de ficción de un "género emergente", que a él le gusta llamar
"ficción científica" y que tiene incluso una palabra precisa en
el más flexible idioma japonés. Sin embargo, a poco de empezar
el libro, nuestra inflexible occidentalidad nos dice que este
género tan novedoso no es otra cosa que el viejo molde
literario de los diálogos platónicos, aplicado a la buena intención
no menos antigua de la divulgación científica.
La excusa literaria que imagina Casti es el interés o la
inquietud del Ministerio de Defensa británico en 1949 por
las ideas de Alan Turing en torno a los fundamentos de la computación,
el desarrollo de las primeras máquinas en Manchester y la posibilidad
concreta de que pudiera crearse algún tipo de inteligencia
artificial. Le encargan entonces a un destacado físico y amigo
del gobierno, C. P. Snow, que organice una cena en el Christ´s
College de Cambridge con algunos de los pensadores más influyentes
de la época, sobre la que pudiera informar a posteriori si era
verdaderamente posible concebir una máquina que pudiera razonar
como un ser humano. Los cuatro convocados
son el propio Turing, el genetista marxista J. Haldane, el físico
Erwin Schrödinger y el filósofo Ludwig Wittgenstein. La larga
discusión se desarrolla durante toda la cena, y es sólo interrumpida
por breves referencias a la excelente comida -una excepción
a las penurias de posguerra- en capítulos que llevan el nombre
de cada plato, desde el jerez y la sopa, hasta el postre, con los puros
y el cognac.
Casti nos advierte desde el principio algo más: la
discusión incluirá no sólo los saberes del momento atribuíbles
a estos cuatro magníficos sino que, con todas las libertades
cronológicas, se incorporarán también por boca de ellos los
cincuenta años posteriores de debates en el terreno de la
inteligencia artificial y el lenguaje, desde el argumento de
la habitación china de Searle, hasta las teorías sobre los
lenguajes naturales de Chomsky, o las ideas de Piaget sobre
el aprendizaje.
El resultado es, comprensiblemente, desparejo. Los argumentos
son a veces demasiado técnicos, como en el dibujo innecesario de
la máquina de Turing; a veces demasiado confusos, como en el
experimento físico de la habitación luminosa, a veces demasiado
simplistas, como en el intento de explicar el teorema de Gödel.
Particularmente irritante, e injusto, es el papel que se le
hace jugar a Wittgenstein, quien aparece durante la mayor parte
del libro como una especie de niño enfurruñado y terco, que
sólo puede responder con explosiones de furia, y muy pocos
argumentos, a las exposiciones de un Turing siempre reluciente.
Uno no puede dejar de pensar en los cuidados infinitos con que
Yourcenar le dio voz a Adriano y en los escrúpulos con los que
luchó Thomas Mann para hacer hablar a Goethe: Casti no se hace
tantos problemas con sus cinco personajes.
Hay también un escamoteo inexplicable de los argumentos
escépticos sobre la inteligencia artificial debidos a Penrose,
que se mencionan sólo en el epílogo, y un afán didáctico molesto,
encarnado por Snow, por resumir a cada rato las tesis de los
contendientes.
Aún así, el libro puede ser una buena puerta de entrada
para quien se asome por primera vez al haz de problemas que
significa abstraer la inteligencia humana y consigue irradiar por
momentos algo de la fascinación intelectual que rodea al tema,
sin duda una de las discusiones científicas más apasionantes del
fin del siglo.
En el epílogo se discute brevemente la victoria pírrica de la
máquina de ajedrez Deep Blue en el match con Kasparov y se
propone un conjunto adicional de buenas lecturas para quien
pueda haber sentido que la inteligencia artificial se merecía una
crónica más profunda.